Cuando dejamos de cuestionar aquello que nos afecta

El riesgo de que el malestar se instale gradualmente en nuestra vida y se vuelva parte
del paisaje.

Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad de adaptación. Gracias a ella logramos
atravesar pérdidas, cambios, incertidumbre y experiencias difíciles. Nos reorganizamos, aprendemos
y seguimos adelante.
Sin embargo, esta misma capacidad puede tener una cara menos visible.

A veces nos acostumbramos tanto a determinadas formas de vivir, relacionarnos o funcionar que
dejamos de preguntarnos cómo nos están afectando. Y quizás ahí radica una de las mayores
dificultades: aquello que vemos todos los días deja de llamar nuestra atención.

Cuando dejamos de notarlo

Pensemos en algo cotidiano. Si una persona entra a una habitación con mucho ruido, probablemente
lo note de inmediato. Pero si permanece ahí durante horas, el cerebro comienza a filtrarlo.
El ruido sigue existiendo.
Simplemente dejamos de percibirlo con la misma intensidad.
Con el malestar puede ocurrir algo parecido.
Muchas veces no aparece de forma abrupta. Se instala lentamente: una preocupación constante, una
exigencia que nunca descansa, una relación que desgasta más de lo que nutre o una rutina que deja
poco espacio para uno mismo.
Y justamente porque ocurre de manera gradual, aprendemos a convivir con ello.

A veces no estamos bien; simplemente nos hemos acostumbrado a cómo nos sentimos.

Adaptarse no siempre significa estar bien

La capacidad de adaptación es una fortaleza, pero adaptarnos y estar bien no son necesariamente lo
mismo.
Podemos acostumbrarnos al estrés, al cansancio constante, a funcionar en piloto automático o a
sostener relaciones que no nos hacen bien. Podemos seguir cumpliendo con nuestras
responsabilidades y, al mismo tiempo, alejarnos de nuestras propias necesidades.
Muchas veces confundimos el «lo estoy soportando» con el «esto me hace bien».

Lo que normalizamos también nos moldea

No solo nos adaptamos a nuestras experiencias personales. También nos adaptamos a las ideas,
expectativas y formas de vivir presentes en nuestro entorno.
Aprendemos qué es esperable, qué se valora y qué parece necesario para encajar. Con el tiempo,
algunas exigencias, niveles de estrés o formas de relacionarnos pueden sentirse normales
simplemente porque están muy presentes.
Sin embargo, que algo sea habitual no significa necesariamente que sea saludable.

Revisarnos para comprendernos

Detenernos a mirar cómo estamos no implica realizar cambios drásticos ni tener todas las
respuestas. Muchas veces comienza por algo más simple: observarnos.
¿Cómo me he sentido últimamente? ¿Qué aspectos de mi vida estoy sosteniendo por costumbre?
¿Hay algo que he normalizado tanto que dejé de cuestionar?
Puede resultar incómodo, pero también revelador.
Porque aquello a lo que nos acostumbramos no siempre es aquello que nos hace bien.

Reconocer nuestros estados, comprender cómo estamos funcionando y desarrollar una mayor
conciencia sobre nuestras necesidades nos permite vivir con más claridad, coherencia y equilibrio. A
veces, el primer cambio no ocurre cuando transformamos nuestra vida, sino cuando comenzamos a
mirarla con mayor atención.

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